martes, 26 de febrero de 2013

Mitos y ritos de VITO


Mitos y ritos de VITO
LOS CABALLOS EN EL PUEBLO DE VITO
Vito, es un pueblo que tiene una gran tradición en la tenencia de caballos. ¡Sarna! Era –y aún es- el vocablo para referirse a los caballos. En realidad no hay viteño o viteña cuya vida no tenga que ver con los caballos. Desde tiempos atrás Vito era un pueblo en el que sus moradores tenían caballos. Los Vásquez, los Zela, por ejemplo, eran ricachones y tenían cientos de caballos. Nosotros, los Espinoza, no teníamos nada, excepto uno que otro caballo. La predilección por los caballos de mi padre era, además, explicable porque de joven fue soldado de la caballería. Recuerdo con qué maestría herraba y cuidaba a sus caballos.
Cuatro caballos me traen gratos recuerdos de mi niñez en Vito: el Huiccro, el Cutco, el Hangaslazo y el Almacenero.
LA FUERZA DEL HUICCRO (Cojo)
Era un caballo de color negro, relativamente de contextura baja, medio tembleque y lisiado: era cojo. Por tal razón le llamábamos con cariño Huiccro. Desconozco el por qué, pero una de sus patas delanteras era desviada. Aun así, Huiccro tenía una gran fortaleza para la carga y el trote. Para arriba y para abajo mantenía el mismo ritmo apurado sobre todo cuando estaba al mando de mi padre, de quién Huiccro sabía que “no aguantaba pulgas” y tenía que andar rapidito y derechito antes que recibir su regaños. Mi padre solía ir a las lejanas punas sobre el Huiccro y traía sobre su lomo una “nacana de huacaya” de las buenas en cada ocasión. Recuerdo haber visto a mi padre -quien acostumbraba decir que “los hombres no lloran”-, “echando lágrimas” cuando por vejez Huiccro murió y nos dejó la soledad de su ausencia.
CUTCO, CABALLO DE CARRERA Y SIQUI CANI
 Juan, mi hermano mayor, es amante de los caballos y de joven tenía uno a quien con muchos cariño le llamábamos Cutco porque tenía el pelaje medio crespo de color “chumppi”. Era un caballo versátil, casi enano, de rostro vivaz, no era un animal para cargas; pero, tenía una virtud: era un excelente corredor. Ningún otro caballo lograba ganarle. De esta virtud se aprovechaba Juan pues en cada ocasión y especialmente en la fiesta de “Mula Mayor” (Fiesta de San Pedro, fines de junio) apostaba y ganaba en la carrera de caballos.
Cutco mismo sabía que estaba hecho para correr y ganar. En el partidor ya estaba inquieto queriendo ya correr y cuando escuchaba la señal de partida ajustaba para atrás sus cortas orejas y no había quién lo pare pues hecho una bala se dirigía a la meta y ganaba. Cutco no necesita carona ni silla (montura); así nomás, a la capela y hasta un mal jinete –y Juan lo es- bastaba que se sujetara bien de su crin y de la soga de su jáquima y no se caía, pues Cutco corría defrente, sin esquivos; si en la ruta había algún obstáculo pasaba raudo por encima, cosa que no hacen los otros. Esto es precisamente lo que sucedió en una ocasión cuando Juan desafió a mi otro hermano Daniel. Ambos corrían bien hasta que el Hangaslazo, que así se llamaba el caballo de Daniel, en vez de saltar, como Cutco, encima de una lliclla tendida en la que se secaba maíz, ¡Zass! esquivó bruscamente hacia a un lado y el pobre Daniel salió disparado dándose una golpiza que dejó ensangrentado todo su rostro. Santo remedio, hasta donde sé, nunca más se atrevió a participar en carrera de caballos. Mientras presurosos atendía a Daniel postrado en el piso, Cutco ya había llegado a la meta hace rato. (Véase un lindo pasaje de la carrera de caballos en Vito en http://www.youtube.com/watch?v=JiAORpQ-OQs ). También véase carrera de caballos en Calcauso donde un caballo de Vito es el ganador: http://www.youtube.com/watch?v=Rla1moiVrbY
Cutco, además, era muy dócil y un caballo a todo terreno. Recuerdo que un día Juan estaba reunido en una Cantina con sus amigos y hablando de caballos desafió a otro viteño jactancioso, dueño de un buen caballo. El desafío consistía en medir cuál  era el corcel más osado. Hagamos una apuesta –dijo Juan-, veamos si tu caballo es más listo que el mío como dices. Haz pasar al tuyo a la Cantina, desafió Juan. Por más que intentó una y otra vez el caballo rival se encabritó y no logró hacer entrar a la cantina. Juan llamó a Cutco, hizo ademanes para que entrara y Cutco ¡entró!
Otro grato y (gracioso) recuerdo de Cutco es cuando mordió a mi padre en sus nalgas. Cutco, que como he dicho no era bueno como animal de carga no le gustaba que le pongan la carona ni que le ajusten con la cincha, reaccionaba de mala manera. Por tal razón mi padre se hacía ayudar por otro para que los agarre y pueda preparar al animal para la carga. Un día temprano mi padre se encontró sin ayuda de nadie, puso la carona y ajustó con fuerza la cincha y Cutco reaccionó: torció su pescuezo al lado donde estaba mi papá, abrió su hocico y ¡suácate! ¡Cat cat! lo mordió en su trasero en cuestión de segundos. Mi padre dio un alarido que sacó en segundos a mi madre que estaba cocinando y vio a mi padre que casi arrastrándose y sobándose sus nalgas entró raudamente a la casa. Sacándose su pantalón se tiró boca abajo en la tianapata, ordenó que cerrara la puerta y suplicó a mi mamá que le auxiliara y sin saber exactamente qué había sucedido se espantó de la herida ocasionada y como un médico en la sala de operaciones mi madre se vio curando a mi padre que yacía con las nalgas al aire. Ahora me explico por qué mi papá almorzaba y cenaba parado por esos días.
ALMACENERO, EL CABALLO  BORRACHO
Almacenero se llamaba otro de nuestros caballos del que tengo recuerdo. No era un buen caballo para carga, ni para carrera, ni para nada. Tampoco era viejo. Su gran problema era la embriaguez. Era alcohólico (¿?). Recuerdo un día en que mi hermano Daniel hizo llegar casi a una decena de caballos nuestros al patio de la casa, entre ellos el Almacenero. Éste llegó sigzageante, cabizbajo, caminando de un lado a otro, era evidente que estaba ¡”borracho”! Mi padre al verlo no se conmovió del pobre Almacenero sino montó en cólera, salió al patio, se acercó y ¡Zas!, ¡Lecc!, ¡Tacclalacc! y ¡Cock! ¡Pum, pum! le agarró a patadas y puñetes diciéndole: -¡Tu borracho! ¡Yo borracho! Claro, Almacenero no se explicaba qué diablos estaba pasando. Era que Almacenero se había vuelto adicto a la Garbancilla  que es una planta silvestre que droga y causa adicción a lo animales, especialmente a los caballos que la consumen. Sería interesante que un químico o un biólogo sometiera a un análisis científico a  esta planta, quizás se descubra un estupefaciente (droga) de enorme potencialidad que podría hacer florecer una industria en Vito.
YO PERDÍ LA RAZÓN CAYÉNDOME DEL CABALLO
Hablando de caballos, yo me declaro ser un pésimo jinete. Tan demostrada estaba esta limitación mía que de niño me decían “ruirosiqui” cada vez que pedía a que me permitieran cabalgar porque sabían que no permanecía “bien sentado” sino ladeando en el lomo del caballo. Recuerdo que era la fiesta patronal  de San Pedro (29 de junio) patrono de los caballos y se tenía por costumbre acompañar al Santo en procesión pero todos montados a caballo. Emocionante era ver a una gran cantidad de caballos con sus jinetes correteando con garbosos pasos alrededor de San Pedro, pues era la fiesta de los caballos. Ya mayorcito, decidí acompañar al Patrono. Se opusieron al unísono toda mi familia, pero hice berrinches y mi padre a regañadientes preparó a uno de los caballos que estaban en el patio junto a otros que con monturas y muy elegantemente ornamentados ya estaban listos para participar en la procesión. Improvisó una carona y me subieron al caballo entre dos y en mancha salimos hacia la plaza. Pero apenas llegaron los caballos a la plaza y viendo a muchos otros correteando, mi caballo junto a los otros empezaron a trotar y correr. Mentalmente me persigné ante San Pedro pidiendo a que no me cayera. En eso, sentí que mi “Rocinante” corrió un poco más animado, de un lugar a otro y en eso … ¡”Zuácate”! ¡“Tacclalacc”!, ¡Tacracc, tacracc! ¡Caí! Sentí que varios caballos pasaban por encima de mí; y no recuerdo más.
Cuando volví en sí, mi mamá, mi papá, mis hermanos y otros curiosos estaban alrededor mío tratándome de revivir de lo “muerto” que estaba por los golpes y por el gran susto que pegué. Viéndome aún muy salido de mí mismo, y sabiendo que tardaría en reaccionar completamente, mi hermana Felícitas quiso aprovechar la situación para hacerme unas bromas y hasta hoy me hace recordar riéndose. Dice que cuando estuve en ese trance (casi desmayado), Felícitas me habría preguntado, por su puesto en quechua: ¡¿Qué pasó?!,  ¿Dónde estás?, ¿Cómo te llamas?, ¿Dónde vives?, ¿Quién eres? Y yo habría respondido a cada pregunta con un –No… sé plañidero. Y para no dejar en duda sobre mi estado real, Felícitas me habría señalado a mi mamá diciéndome ¿Quién es esta señora? Y yo, con los ojos aún desorbitados, habría respondido diciendo –No … sé. Es decir, yo estaba hecho, estaba inconsciente. Me cuentan también que sobre mis omóplatos y espalda había huellas de herrajes y patas de caballo. O sea la cosa era seria. Cada vez que me hacen recordar entre risas este incidente siempre terminan  diciendo que desde entonces perdí parte de la memoria (Auch).
EL CABALLO SE HA “MUERTO”
Nuestros caballos estaban en el patio recién llegados de “arriba” porque teníamos que hacer amansar a uno de ellos. En eso, mi sobrinita, casi un bebé, que solía estar en la puerta admirando a los caballos, entró a la casa asustada y gritando (en quechua): ¡Papá!!! Mamá!!! el caballo se ha muertoooó!!! Mi papá, mamá, mis hermanos y yo estábamos tomando lawa y salimos disparados para ver qué malo había sucedido. Era que el potro estaba efectivamente “muerto” encima de la yegua. Yo, niño aún, no me daba explicaciones del hecho. Mis padres inmediatamente nos introdujeron a la casa para no seguir en el escenario y después de largo rato el caballo ya estaba caminando sobre sus propias patas “vivito y coleando” y … feliz.  Lo que había sucedido era que el potro, decidido a no perder el tiempo, se había apareado con la yegua y al parecer la casi fulminante descarga del sexo animal le había dejado al potro “muerto” yacente encima de la yegua que se sostenía pero que también estaba, al parecer, en “otro mundo”. Ese acto no sólo era placentero para los actores de tan noble espectáculo sino una buena señal para los dueños ya que pronto tendrán otro caballo. ¡Gracias San Pedro!
LA GRAN FIESTA PATRONAL DE SAN PEDRO “MULA MAYOR”
“Mulay aaaarriba, mulaaay abajo / Ninrichanllampis paccrai, paccracha / Chupachanllampis bandera, bandera”. Hasta ahora no puedo olvidarme esta tonada que solía escuchar en Vito de niño en la fiesta de San Pedro (29 de junio) y ahora en algunas ocasiones en que nos reunimos con mis hermanos (cerveza va, cerveza viene)  suelo cantar en voz alta, sobre todo a mi hermano Juan le apasiona el estribillo y canta altisonante aunque con una voz completamente desafinada. Aquí en Lima recuerdo haber escuchado en más de una ocasión a mi tío Carlos Zela Vásquez (QEPD), otro amante de los caballos, cantar con fervor la estrofa. La encantadora Yuli del Perú hizo también famosa la canción (http://www.youtube.com/watch?v=JiAORpQ-OQs) acompañado con un video del verdadero y original “Mula Mayor” y en el mismo pueblo de Vito. ¿Dónde consiguió ella el tesoro del Video grabado en Vito?
RECIEN ME ENTERO POR QUÉ A LOS VITEÑOS NOS DICEN “SARNAS”
Yo nunca quise hablar de este apelativo porque me parecía repugnante y hasta habían personas malinformadas que decían que llamaban así a los viteños porque tenían la sarna. MENTIRA! FALSO!
Nos dicen “sarnas” porque Vito es un pueblo de caballos, y de los buenos; a mucha honra.
Demetrio Huachaca Bravo ha publicado Tradiciones antabambinas, en una de sus páginas dice: “Los pueblos tenían sus apodos o motes:”turillu chuti” (Distrito de Antabamba), “cheqcgi tikra” (Huaquirca), “Tampa” (Mollebamab); a los de Vito, “sarna” por la producción de solípedos que poseen, “chuchullou” (Calcauso), “q`oto” (Sabayno), “allpa llaqwa” (Matara), “q`alawasa” (Antilla)”.
Nemesio Espinoza Herrera